BartoloméRíos
Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

Hace 30 años, no tenía idea de qué significaba conservación medioambiental. Ya era universitario y, seguramente, si alguien me hubiese dicho que “el cambio climático esto” o “la sostenibilidad aquello”, mi primera reacción habría sido de confusión o escepticismo. Pero los tiempos cambian. Mis hijos, además de ser nativos digitales por usar smartphones desde chicos, aprendieron sobre la importancia del cuidado del medioambiente en el colegio, en primaria.

En el año 1987, una exprimera ministra de Noruega llamada Gro Harlem Brundtland presentó a la ONU un informe que puso en relieve los efectos nocivos que el desarrollo económico estaba causando al medioambiente, y subrayó la importancia de transformar nuestras prácticas organizacionales y domésticas para remediar tales tendencias. El llamado Informe Brundtland presentó por primera vez el concepto de “desarrollo sostenible”, que “satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de satisfacción de las necesidades de las futuras generaciones”.

Ese informe —que se conoce en la actualidad por el apellido de su autora— se tituló originalmente “Nuestro Futuro Común”. Haciendo diversos paralelos, me pregunto cómo será nuestro futuro común en función de la política peruana de estos tiempos, si acaso serán capaces nuestros líderes de trazar bien las rutas de evolución y propiciar crecientes niveles de bienestar para toda la población. Me pregunto cómo será el país cuando nazcan mis nietos o mis bisnietos, si acaso habremos aprendido como sociedad a respetar la ley, a entender asuntos tan básicos como que no es posible el desarrollo individual sin el respeto al estado de derecho, sin el respeto a los demás. Me pregunto, incrédulo e indignado, cómo es posible que tras años de escándalos judiciales uno de cada dos empresarios peruanos esté dispuesto a sobornar o recibir un soborno para no perder un negocio (ver artículo de SEMANAeconómica sobre informe de la Universidad del Pacífico y la iniciativa PRME del Pacto Global de Naciones Unidas).

Uno de cada dos está dispuesto.

¿Qué estamos aprendiendo? ¿Qué les estamos enseñando a las futuras generaciones?

¿A quién le pertenece lo que tenemos? Suelo preguntarles a mis clientes que son empresarios familiares si el saldo que está en sus cuentas bancarias personales les pertenece. La respuesta natural es que sí, por supuesto. Sí les pertenece, se lo han ganado con su trabajo y pueden disponer de ese dinero como les plazca. Todo bien. Acto seguido, les pregunto si el patrimonio de la familia es suyo. Entonces, cambia la cosa.

Cuando realmente nos damos cuenta de que lo que tenemos no nos pertenece —no en un sentido cortoplacista, sino desde una perspectiva más filosófica, si se quiere— , cuando realmente nos damos cuenta de que somos meros administradores temporales de la riqueza que está a nuestro alcance, sea porque forma parte del patrimonio familiar o porque nos la regala la naturaleza, cambia la cosa, cambia la forma como entendemos nuestro rol y cambian también nuestros patrones de comportamiento.

Pero, ojo: la comprensión de ser simples usuarios, en vez de dueños, debe ser honda y generar un comportamiento coherente. Cuando uno entiende el real significado de esta condición temporal, pasa a aprender que el privilegio de beneficiarse de tales bienes por un periodo de tiempo trae consigo una responsabilidad: el uso moderado de los mismos, el incremento de la riqueza para que esté a disposición de una cantidad mayor de personas en las siguientes generaciones.

No sé por qué nací en esta era y en este lugar, no sé por qué nací en una familia que me brindó muchas oportunidades para mi desarrollo personal. Lo único que sé es que, hasta el momento, no se ha logrado demostrar fehacientemente que la reencarnación existe o no existe. Creencias religiosas aparte, no sé si fue el mero azar el que me puso donde me puso o si en una vida previa hice méritos para tener la vida que tengo actualmente. Lo que sí sé es que debo ser coherente con mis actos.

No es que sea un asceta. Soy medio comodón, podría admitir, no soy franciscano. Coherencia no significa privación, progreso no significa que se reparta una torta que no crece, como plantearon en su momento pensadores de determinadas corrientes políticas, sino hacer crecer la torta para que más personas puedan beneficiarse en igual o mayor manera. La coherencia en el comportamiento debe entenderse desde la perspectiva de que uno no debe acaparar los recursos de la familia o del país en perjuicio de los demás.

Cuando pienso en estos temas, llego a la idea de que probablemente seamos culturalmente pobres. Otras sociedades, menos favorecidas por recursos naturales, han desarrollado la capacidad de administrarlos de forma tal que beneficien a toda la población actual sin depredarlos para que estén disponibles para generaciones siguientes. Pienso en países escandinavos, por ejemplo, que tienen los más bajos índices de corrupción en el mundo, respetan las leyes, invierten en su educación y no disponen de la gran diversidad de recursos que nosotros tenemos al alcance de la mano.

Hace un año escribí una columna que titulé “Valores: la reforma pendiente”. Sigo sosteniendo que, en medio de la podredumbre que estamos viviendo en estos años, debemos aprender que no podemos seguir como estamos. La sociedad debe aprender a transformarse, la clase política debe aprender a actuar con humildad y vocación de servicio, los integrantes de grupos empresariales familiares deben aprender que lo que hoy poseen realmente no les pertenece.

Somos administradores temporales de lo que tenemos, pero somos responsables permanentes de construir una realidad diferente.