DiegoMacera
A Chicago Voy Por Diego Macera

Cada principio de agosto, se lleva a cabo en Chicago uno de los festivales de rock más importantes del mundo: Lollapalooza. El evento dura tres días y en sus décadas de existencia ha visto entre sus headliners a las bandas más consagradas del globo. Este año, aprovechando que estoy ya en Chicago, intenté conseguir una entrada. Imposible. Se acabaron entre gallos y medianoche. Lo mismo me sucedió con Pearl Jam y con los Rolling Stones (los boletos con precios menores a US$200 se agotaron en menos de dos minutos para las tres fechas). Hoy, en las páginas de revendedores, miles de boletos para estos eventos se tranzan a más del doble de su valor original.

La situación no es desconocida en el Perú. Los revendedores fueron, hace apenas unos días, los principales protagonistas de la venta de entradas para el partido Perú – Ecuador de este viernes. Varias de las personas que esperaron tres días en la cola frente al estadio para obtener un boleto no lo pudieron conseguir, y la reventa de entradas es en gran medida la responsable. ¿Vale la pena enfrentar este problema? ¿Qué alternativas existen y por qué no se aplican?

Los revendedores y la eficiencia de mercado

En primer lugar, hay que preguntarse si en verdad es conveniente combatir la existencia de un mercado secundario de entradas. La interrogante es especialmente importante si se toma en cuenta que en los últimos años la venta de entradas por Internet y la consiguiente creación de software informáticos que permiten a los revendedores conseguir miles de boletos apenas segundos luego de que se ponen a la venta han hecho el problema mucho más grave. Algunos revendedores en Estados Unidos han reportado tener más de 600 módems configurados funcionando al mismo tiempo para hacerse de los boletos antes que cualquier fan pueda siquiera empezar a tipear su número de tarjeta de crédito. No tengo información para asegurar que este mecanismo ya llegó al Perú, pero si no lo ha hecho de seguro no falta mucho. Las entradas para Oriente y Occidente de este viernes se podían adquirir online en la web de Tu Entrada. Hoy se tranzan con un 30% de recargo en Mercado Libre.

Ahora, existen argumentos que justifican la presencia de revendedores. Personalmente, y por simple consecuencia conmigo mismo, tantas veces me he quejado de la existencia de los revendedores que nunca he podido revender una entrada a más del precio original y quedarme con la conciencia tranquila. Pero eso no quita que la reventa pueda ser considerada un negocio legítimo en el que se aprovecha al máximo la ocasión y la disposición a pagar para lucrar. Oportunista, sí, pero ¿cuántos otros negocios legítimos también lo son? ¿O acaso no son también oportunistas las discotecas que venden una botella de cerveza a cuatro veces el precio del supermercado? ¿O las aerolíneas que venden los pasajes comprados a último minuto –que muchas veces son pasajes de emergencia y cuyo costo marginal para la aerolínea es casi nulo– a precios exorbitantes? Y a nadie se le ocurriría prohibir estas prácticas.

Desde un punto de vista estrictamente económico, el problema es que los precios iniciales son muy bajos dada la oferta limitada de asientos y la amplia demanda que generan algunos espectáculos. En muchos casos, esto se puede solucionar ampliando la oferta (como sucedió, por ejemplo, cuando se agregó una segunda fecha de Soda Estéreo en Lima en diciembre del 2007), pero en varios otros, como en los partidos de fútbol, esa solución es imposible. Y como sabe cualquier estudiante de primer año de Economía, el equilibrio sólo se logrará cuando el precio haga que la cantidad demandada y la ofertada sean iguales. En tanto esto no suceda, se creará espacio para el mercado de revendedores. Es cierto que los precios de las entradas para el partido Perú – Ecuador eran ya significativamente altos, pero la excesiva demanda generada indica que no eran lo suficientemente altos para “limpiar” el mercado.

Poner precios aún más altos tendría dos ventajas. Por un lado, desanimaría a los revendedores y de hecho podría eliminar el mercado secundario de entradas. Si los revendedores perciben que la gente no va a estar dispuesta a pagar mucho más que el precio puesto por la Federación Peruana de Fútbol – FPF (precio al que ellos compran), entonces su margen de ganancia se acorta o de plano deja de existir.

Por otro lado, precios más altos originarían que las entradas sean adquiridas por quienes efectivamente valoran más ir al estadio, y eso es una asignación eficiente de recursos. Por ejemplo, si el precio de la entrada es S/.30, una persona que estaría dispuesta a pagar hasta S/.50 para ver a Perú la podría adquirir, y dejar sin entrada a alguien que la valora en S/.100. En cambio, si la entrada costase S/.90, el que la valora en S/.30 dejaría de comprarla y podría ser adquirida por la persona que la valora en S/.100. Este tipo de asignaciones a través del precio y de la disposición a pagar aseguran la eficiencia del mercado: que los recursos escasos vayan a quienes más los quieren.

Es sobre este último punto que se hace importante notar que la presencia de revendedores sí contribuye a una mayor eficiencia en el mercado de entradas. Al negociar y vender los boletos al precio dictado por la verdadera disposición a pagar de la gente que quiere comprarlos, el mercado secundario lograr “limpiar” el mercado a precios eficientes. Suponiendo que son pocos los revendedores que en este tipo de eventos cometen el error de esperar demasiado –posiblemente hasta ya empezado el partido– y terminan vendiendo sus boletos a un precio menor que el original, se puede decir que su presencia evita que quede “dinero sobre la mesa” que nadie toma cuando las entradas son demasiado baratas. (En jerga económica, los revendedores están llevando a cabo una eficiente discriminación de primer grado en la que extraen casi todo el excedente del consumidor; un resultado similar se alcanzaría con una subasta de entradas por la FPF). Esto no quiere decir que sea óptimo tener revendedores –de hecho, hay motivos que se mencionarán aquí por los que no es conveniente que exista un mercado secundario–. Sólo quiere decir que, en ausencia de precios más altos, los revendedores hacen el mercado más eficiente.

¿Y por qué entonces no subir de precio las entradas?

Subir las entradas al precio de equilibrio haría más eficiente el mercado sin necesidad de revendedores (quienes de paso serían eliminados), al mismo tiempo que incrementaría la recaudación para la FPF. ¿Por qué entonces no se hace? Hay tres motivos principales. En primer lugar, porque la FPF no es una empresa privada cuyo principal objetivo es hacer dinero. Como organismo público, la FPF puede (y debe) tener en cuenta el principio de equidad para que las personas de menos recursos no se vean impedidas de ir al estadio a ver a la selección por los altos costos del boleto. Este problema, además, subsiste con la presencia de revendedores que encarecen el boleto para el usuario final.

El criterio de equidad, por supuesto, no aplica para empresas privadas –organizadoras de conciertos, por ejemplo– cuyo objetivo sí es lucrar. Aquí entra a jugar el segundo punto, y es que tanto la FPF como los artistas y demás personas vinculadas al espectáculo no quieren ser vistos como organizaciones o individuos insensibles y codiciosos a quienes sólo les importa el dinero y no los verdaderos hinchas o fans que no pueden pagar un boleto caro. La imagen del artista puede ser especialmente importante en el mundo del espectáculo. Sin embargo, con la excepción de bandas como Pearl Jam y su lucha contra Ticketmaster, son pocos los artistas internacionales que han hecho una campaña activa o huelgas para que sus entradas se vendan a precios accesibles. Cuando no son parte de la solución, ellos son parte del problema.

En tercer lugar, tanto la FPF como las empresas privadas pueden tener incentivos para que sus eventos se llenen de gente y se vean rebalsando de bote a bote. Es decir, se puede sacrificar algo de ganancias con menores precios de las entradas con tal que el evento parezca un éxito. Después de todo, un estadio vacío huele mucho a fracaso. Es por eso también que muchos productores (FPF incluido) se reservan un buen porcentaje de entradas de cortesía.

En suma, existen razones suficientes para que subir el precio de las entradas no sea la solución óptima. Suponiendo que la sociedad quiera deshacerse entonces de los revendedores sin afectar el precio de los boletos, ¿qué alternativas existen y por qué no se implementan?

Las soluciones que nunca se dieron ni se darán

La FPF y muchos otros organizadores tienen como principal política para combatir a las mafias de revendedores el limitar el número de boletos adquiridos por persona. Sin embargo, este mecanismo ya ha demostrado ser inútil en todas las ocasiones imaginables. En el caso de las compras físicas, los revendedores suelen llamar a sus familiares y colegas de negocio a la cola cuando están ya cerca de la boletería para que cada uno compre el número máximo de boletos permitidos. Este procedimiento se vio en la venta de entradas para el último partido de Perú. En el caso de las compras virtuales, los módems y programas informáticos mencionados anteriormente al inicio hacen el trabajo sucio.

Otro procedimiento que algunos productores utilizan es exigir la presentación de la tarjeta de crédito que se usó para comprar las entradas por Internet, junto con un DNI, para retirar las entradas de boletería. Esta política funciona mejor que sólo limitar la venta de entradas por persona, pero aún tiene serios inconvenientes. En primer lugar, sólo aplica para las compras por Internet, a las cuales muchos peruanos no están acostumbrados aún. En segundo lugar, el mismo día del concierto, el revendedor puede ir hasta la boletería, recoger él mismo las entradas, y venderlas a un cliente previo o a un cliente en las inmediaciones del estadio. El problema sigue sin solución.

Quizás la única práctica que a la fecha ha dado excelentes resultados es imprimir (o incluso escribir con tinta indeleble) el nombre del comprador de cada entrada, y exigir que sea él y nadie más quien ingrese al estadio. Si el comprador quiere adquirir algunos boletos más para amigos o familiares, basta que dé sus nombres al momento de hacer la compra: tal y como se hace para comprar pasajes aéreos. De seguro, los costos logísticos del sistema de impresión o escritura de nombres harían que las entradas sean ligeramente más caras, pero este costo adicional sería mucho menor que el impuesto por los revendedores. Esta práctica ya ha sido utilizada con enorme éxito por grupos como Nine Inch Nails. Adicionalmente, la creación de clubes de fans u otras asociaciones que tengan acceso privilegiado a las entradas por ser clientes recurrentes también ha demostrado ser eficaz contra los revendedores.

Queda entonces por resolver por qué –diablos– no hay una acción decidida de parte de la FPF y demás productoras de eventos para arreglar el problema de los revendedores. Al fin y al cabo, no es tan difícil de solucionar si se quiere. El motivo es que no tienen incentivos para hacerlo. A las productoras les conviene que existan revendedores porque estos compran buena parte de las entradas al precio que ellas exigen –se vendan éstas al consumidor final o no–. Incluso, se dice que algunas productoras les facilitan un buen paquete de entradas a los grupos de revendedores para eventos con alta demanda con la condición de que estos grupos también compren paquetes de entradas para eventos con baja demanda. Aunque no quiero hacer acusaciones en falso, esto inevitablemente trae a la memoria los escándalos que vinculan a la FPF con mafias de revendedores.

Finalmente, la última solución es que nosotros, los fans e hinchas, nos comprometamos a no comprarles más a los revendedores. Eventualmente, eso de seguro los sacaría del mercado. Pero este es un típico problema de acción colectiva. A pesar de que el resultado social general es deseable, ningún individuo en particular tiene incentivos privados para cumplir su parte del trato –sobre todo cuando las entradas bajen de precio por la menor demanda y la tentación de adquirirlas suba–. Por lo pronto, muchos de mis amigos se quedarán sin ver el partido del viernes y yo me quedaré sin ir a los conciertos. Aunque quizás eso sea lo eficiente.