Miguel AngelGarcía
Competitividad y pymes Por Miguel Angel García

En mi post anterior expliqué por qué la competitividad debía ser una prioridad en la agenda nacional, principalmente porque afecta directamente la productividad de un país, la cual a su vez es quizá el factor más importante para mejorar nuestra calidad de vida en el largo plazo[1].

Ahora procederé a analizar la situación actual de la competitividad en el Perú, destacando aquellos aspectos en los cuales hemos avanzado o retrocedido. Para ello, utilizaré como base el reciente Reporte de la Competitividad Global 2017 – 2018 elaborado por el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés). Dicho reporte realiza un ranking de 137 países, del más al menos competitivo, analizando distintos aspectos que conforman la competitividad de una nación, tales como infraestructura, variables macroeconómicas, calidad de las instituciones públicas, entre otras.

En general, podemos observar que, según dicho ranking, la competitividad del Perú ha retrocedido comparativamente con otros países, ya que hemos descendido cinco posiciones en tan solo un año y once posiciones en tres años, ubicándonos actualmente en el puesto 72, es decir estamos en la mitad inferior del ranking.

Estos resultados sin duda no son muy alentadores, por lo que ahora debemos preguntarnos qué ha pasado. En ese sentido, procederé a analizar la reciente evolución de nuestra competitividad, tanto en lo positivo como lo negativo. En otras palabras, y haciendo referencia de aquel clásico del cine norteamericano, comentaré “Lo bueno, lo malo y lo feo” de la competitividad peruana en el 2017.

LO BUENO

El primer avance en nuestra competitividad que vale la pena destacar es la mejora en infraestructura, pero no necesariamente en puentes y carreteras como uno pudiera pensar, sino en el sector aeronáutico y telecomunicaciones. Tal como sugiere el reporte, la capacidad del transporte de pasajeros que viajan desde aeropuertos peruanos ha crecido considerablemente en los últimos años. Del mismo modo, el número de contratos por telefonía celular viene registrando una tendencia creciente desde hace ya algún tiempo.

¿Qué significan estos resultados para el país? Un avance importante. La infraestructura es fundamental para la competitividad, ya que a través de ella fluyen los bienes y servicios de una economía. En ese sentido, esta mayor capacidad del transporte aéreo representa una mayor conectividad del país entre sus regiones y con el resto del mundo, mientras que este mayor número de teléfonos celulares permitirá a los agentes económicos contar con mayor información en tiempo real sobre los mercados[2].

Este resultado me lleva a una reflexión adicional: sin desmerecer la importante labor del Estado, es la iniciativa privada la que ha permitido este avance en nuestra infraestructura. El otro día visitando en Arequipa un asentamiento humano, donde las pistas ni siquiera estaban bien afirmadas, pude observar una antena para telefonía celular instalada por una empresa privada. ¿Usted cree que el Estado sería capaz de ofrecer el mismo servicio a dicho asentamiento? ¿Recuerda cuánto demoraba contar con una línea telefónica cuando el Estado estaba a cargo de dicho servicio?

LO MALO

Lo primero que genera preocupación es cierto deterioro en el entorno macroeconómico del país, debido principalmente al déficit fiscal, de entre 2.5% y 3% del PBI, que se viene registrando desde el gobierno anterior. Hay diversas formas en las cuales este hecho puede afectar nuestra competitividad, una de ellas es que al aumentar el déficit fiscal, la capacidad del país para pagar sus deudas se complica, conllevando a que el riesgo país aumente. Dicho incremento, provoca una subida en las tasas de interés, quitando incentivos a la inversión.

Afortunadamente y gracias a otras variables que se ponen en consideración, calificadoras de riesgo como Moody’s han señalado que mantendrán el rating crediticio del Perú. Sin embargo, es de esperar que nuestro déficit fiscal persista durante el resto del 2017, debido en parte al gasto que se viene realizando por la reconstrucción tras el Fenómeno del Niño. En ese sentido, lo más probable es que en ese aspecto nuestra competitividad no mejore para el ranking del próximo año.

Otro ámbito en el cual nuestra competitividad ha venido empeorando es nuestro mercado laboral. Básicamente lo que el reporte señala es que no ha habido importantes avances en la flexibilidad laboral, en parte porque los desembolsos relacionados al empleo formal (tales como impuestos y otros gastos) desincentivan la contratación. Estos resultados traen inmediatamente a la mente el frustrado intento de la ‘Ley Pulpín’ que buscaba reducir algunos de estos costos. Asimismo, considerando el reducido tamaño de la bancada oficialista y el actual respaldo de la población al Presidente Kuczynski, realmente no esperaría una reforma laboral significativa en el mediano plazo.

Finalmente, otra dimensión en la cual ha habido un retroceso es el desarrollo de los mercados financieros. De acuerdo a una encuesta realizada por el WEF para la elaboración del reporte, la disponibilidad de servicios financieros, su costo, y acceso no han progresado en los últimos años. El reporte también sugiere que no ha habido una mayor facilidad en cuanto al financiamiento a través del mercado de capitales, lo cual se debería a los altos costos y requisitos para realizar una emisión.

LO FEO

La parte menos alentadora del reporte en cuanto al Perú es la concerniente a los indicadores de institucionalidad, entendida como el conjunto de reglas y normas que regulan el comportamiento de los agentes económicos. En ese sentido, la institucionalidad comprende elementos tales como la Constitución de la República, las normas legales vigentes y las organizaciones que se encargan de elaborar y hacer cumplir dichas normas. El Perú se encuentra en el puesto 116 de 137 países en este índice, es decir estamos casi al fondo de la lista.

La situación se torna peor si observamos uno de los componentes de este indicador, específicamente el subíndice de instituciones del sector público, ubicándonos en el puesto 123. De acuerdo al reporte, nuestra competitividad ha retrocedido en cuanto a derechos de propiedad (puesto 107), ética y corrupción (116), manejo de influencias (111) y desempeño del sector público (114). En cuanto a este último, estamos prácticamente al final (puesto 131) con relación a las regulaciones de la actividad económica para ciertas industrias.

¿Cómo resolver esta situación? Claramente tenemos que seguir en la ruta de simplificar el Estado, ya que es en el desorden y la excesiva burocracia donde se presentan las oportunidades de corrupción. Asimismo, tal como lo mencionan Carlos Ganoza y Andrea Stiglich, autores del libro ‘El Perú está calato’ (Planeta, 2015), se requiere fortalecer los partidos y el sistema político, ya que ello garantizará la continuidad de las reformas necesarias.

Pero el sector público no es el único responsable de la situación actual. El sector privado también ha contribuido al retroceso de nuestra institucionalidad. El reporte señala que nos encontramos en el puesto 121 en cuanto al comportamiento ético de las empresas. Este resultado se debería principalmente a los recientes escándalos de corrupción no solo ocurridos en el Perú sino en toda la región latinoamericana.

En ese sentido, habría que preguntarse que si, aparte de las sanciones que el Estado pudiera imponer, el sector empresarial está tomando medidas para autorregularse, es decir, para sancionar o distanciarse de algún modo de aquellas empresas que se están comportando de forma poco o ética, o si por el contrario, está teniendo una actitud permisiva o complaciente.

Reflexión final

Pese a los avances en infraestructura, hemos tenido retrocesos en la macroeconomía, el mercado laboral y financiero y en nuestra institucionalidad, llevándonos a perder posiciones en nuestra competitividad. 

No obstante, toda crisis implica una oportunidad por lo que estos resultados deben ser vistos como un punto de inflexión para cambiar la tendencia. Para ello se requiere tanto de voluntad política como de liderazgo por parte del gobierno y el sector empresarial. Antes que nada, la competitividad debe volver a ser una prioridad en la agenda nacional, y no solo una idea de la cual nos acordamos solo cuando el Banco Mundial y el WEF publican sus rankings.

Al final, estos reportes no son lo que más importa, sino que al mejorar nuestra competitividad seremos capaces de atraer más inversiones e incrementar nuestra productividad, la cual en el largo plazo determinará si seremos o no un país desarrollado.

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[1] Krugman, Paul (1994), La era de las expectativas limitadas

[2] Foro Económico Mundial (2017), El Reporte de la Competitividad Global 2017 – 2018, Klaus Schwab (Editor), Ginebra, Suiza