BartoloméRíos
Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

En 1985, tenía 15 años y era adicto al cine. Llegaban pocas películas al circuito de cines comerciales y solía ir al Cine Raimondi, en el que todas las semanas pasaban cuatro películas diferentes, de jueves a domingo. Vi de todo en ese cine club: Stanley Kubrick, Bernardo Bertolucci, Alan Parker, historias fantasiosas, dramones, sátiras políticas. Años más tarde, entendí que la realidad supera la ficción.

En ese mismo año, el hoy difunto expresidente Alan García Pérez asumió su primer mandato tras haber sido elegido a los 35 años. En plena adolescencia, yo todavía no conocía ni entendía mucho sobre política. Los casi 35 años que han pasado desde entonces nos han enseñado de todo, nos han expuesto a virtuosos y viciosos del poder, y nos han sumido —quién sabe— en una de las crisis políticas más graves de la historia republicana peruana.

Creo que nadie podría haber avizorado en 1985 que la vida de García terminaría tan trágicamente. Más allá de las simpatías o antipatías políticas y personales que una figura tan protagónica de la vida pública peruana pueda despertar, sin duda es devastadora la desesperación que debe enfrentar cualquier persona como para considerar seriamente la posibilidad de suicidarse y, peor aún, llevar a cabo tal cometido. Ojalá que sus seres queridos puedan hallar fuerzas para sobreponerse.

En diciembre del 2017 publiqué un artículo que titulé “Los gobiernos desaparecen, ¿y las sociedades?”, el día en el que los congresistas debatían sobre la vacancia del expresidente Pedro Pablo Kuczynski. Me preguntaba entonces si acaso la clase peruana política estaba condenada a la extinción, si acaso debería dar paso a una nueva especie política, en alusión a la teoría del famoso libro Sapiens.

Tras todo lo que hemos visto en estos últimos años, vuelvo a pensar en el tema y me pregunto si, en vez de su extinción, estamos siendo espectadores de la autodestrucción de la clase política peruana. Me cuestiono esto porque la crisis que presenciamos alcanza proporciones metastásicas. Tanta podredumbre confluye que, guardando distancias, pareciera que vivimos una crisis moral parecida a la del oscurantismo de hace 500 años.

Cambio de perspectiva, y se me ocurre que en vez de ser espectadores de este proceso podríamos ser quienes, con nuestros votos, contribuyéramos a la extinción de estos políticos. ¿Será que nos merecemos a los gobernantes que tenemos?