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Hacia Asia Por Diego Beleván

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Antigua Ruta de la seda

La antigua ruta de la seda, cuyo origen se remonta al siglo 2 antes de Cristo y que fuera inmortalizada por Marco Polo en el Libro del Millón, fue durante siglos uno de los principales ejes comerciales del planeta. Se extendía por más de 7,000 kilómetros desde la actual ciudad de Xian (famosa por sus guerreros de terracota) hasta Europa, atravesando Asia central; contaba con diversas bifurcaciones que la conectaban con el subcontinente indio y Persia.

En el marco de un discurso pronunciado en la Universidad Nazarbayev de Kazajistán en septiembre del 2013, el Presidente de la República Popular China (RPC), Xi Jinping, propuso restablecer la ‘ruta de la seda’ con la creación de un eje económico de la ruta de la seda (silk road economic belt). Durante una visita a Indonesia en octubre del mismo año señaló la necesidad de construir una nueva ‘ruta de la seda marítima’.

Ambos conceptos fueron reiterados en abril del 2015 en el marco de la reunión anual del Boao Forum for Asia, conocido como el ‘Davos asiático’. Las autoridades chinas le han puesto el nombre de one belt, one road (una zona, un camino) a este gigantesco proyecto de desarrollo del hinterland asiático.

Un artículo publicado en la revista The Economist el 11 de abril del 2015 señaló que China habría comprometido inicialmente US$50,000 millones para el recientemente creado Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (Asian Infrastructure Investment Bank); en realidad fueron US$100,000 millones. Además de destinar US$40,000 millones a un fondo para realizar los estudios de factibilidad y desarrollo de la nueva ruta de la seda.

Para diversos analistas, el objetivo principal del establecimiento de las dos rutas de la seda (terrestre y marítima) es lograr un reordenamiento del panorama político y económico del Asia, así como de las rutas que conectan este continente con Europa, lo que le permite a la RPC incrementar su influencia geopolítica. Sobre el particular, cabría recordar que fue justamente a través de la ruta de la seda que las tres principales invenciones chinas llegaron a occidente: el compás, la imprenta y la pólvora.

La ruta terrestre, que pasaría por Asia central (principalmente Turkmenistán, Uzbekistán y Kazajistán) le permitiría asegurar diversos recursos naturales (minerales, petróleo y gas) necesarios para su continua expansión económica. La ruta marítima tendría objetivos tanto políticos como económicos. Por un lado es un intento por aminorar la tensión existente por los conflictos territoriales en el Mar de China con diversos países del sudeste asiático, en particular Vietnam, Malasia y Filipinas, así como el Japón al buscar beneficios económicos mutuos y la transferencia de cooperación.

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Por otro lado, el importante crecimiento económico de los países del sudeste asiático, que estén en la referida ruta, permitiría abrir nuevos mercados para los productos chinos. Esta ruta marítima es la que mayor interés despierta en Singapur por diversos motivos.

En primer lugar, debido a su ubicación estratégica, Singapur se vería beneficiado directamente por un incremento del ya considerable volumen de carga que pasa por el estrecho del mismo nombre. Por otro lado, su gobierno toma esta propuesta como una posibilidad de incrementar su influencia regional al poder jugar un papel de mediador entre China y varios de los miembros del ASEAN, organismo que es en gran parte financiado por la ciudad-Estado.

Asimismo, Singapur está en condiciones de desempeñar un papel importante en este esquema; es uno de los grandes centros financieros mundiales, con particular experiencia en las industrias de servicios, especialmente las operaciones portuarias. Su privilegiada posición geográfica, en la confluencia de las principales rutas marítimas y aéreas, le ha permitido jugar un papel de bisagra en el comercio internacional.

Así, a solicitud de las autoridades chinas, Singapur está desarrollando un proyecto de modernización y urbanismo en una de las ciudades del oeste chino con menor desarrollo, Chongqing, con un enfoque particular en los servicios, con miras a conectarla con la ruta terrestre.

Desde que China anunció su intención de desarrollar one belt, one road, la consultora PWC estima que se han lanzado varios proyectos de infraestructura por un valor superior a los US$250,000 millones. A pesar de la disputa marítima que mantienen con la RPC, los países del mar del sur de China, Vietnam, Malasia e Indonesia están interesados en participar en la ruta marítima, debido a la cantidad de proyectos involucrados para su implementación.

Por ejemplo, aprovechando la línea de crédito establecida por la RPC en el marco de su iniciativa, la mayor cementera china, Anhui Conch, está construyendo seis plantas en Indonesia, Vietnam y Laos, y varias siderúrgicas están analizando posibles compras de activos en el sudeste asiático y Europa del Este. En Shijiazhuang, la capital de la provincia de Hebei, las exportaciones de acero se han incrementado en más de 50%.

La construcción de este enorme emprendimiento de geopolítica, con repercusiones económicas y sociales, abrirá el interior de Asia al comercio internacional; es preciso recordar que sólo el 5% de la población china vive en las regiones occidentales (es decir, al oeste de la Gran Muralla), la cual profesa mayoritariamente la religión musulmana. Su conexión a la China moderna no sólo permitirá la sinicización del hinterland asiático, sino que traerá consigo oportunidades económicas importantes; abrirá mercados poco desarrollados, pero trastornará la producción de materias primas (minerales, petróleo), así como de ciertos productos que requieren una mano de obra barata y numerosa (textiles, calzado y otras manufacturas).

El Perú y sus aliados de la Alianza del Pacífico deben seguir de cerca el desarrollo de esta iniciativa que promete modificar los equilibrios estratégicos, tanto políticos como económicos, en Asia y el Pacífico.