DiegoBeleván
Hacia Asia Por Diego Beleván

El sábado 28 de enero se inició el Año del Gallo, según el calendario lunar chino. A pesar de los análisis superficiales, todo parece indicar que será muy próspero para China. El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha decidido “abandonar” Asia para dedicar toda su atención a los problemas de su país: “From this moment on, it’s going to be America first“, dijo en su discurso inaugural como mandatario.

Una de sus primeras “acciones ejecutivas” (executive actions) fue formalizar su promesa de campaña de sacar a los Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP). Esto afecta directamente a varios países asiáticos, cuyas economías se basan en el comercio. Por ejemplo, sólo la entrada en vigor del TPP hubiera significado un incremento adicional del 11% en el PIB de Vietnam hasta el 2025.

Por otro lado, las decisiones del presidente Trump abren nuevas oportunidades para China en Latinoamérica. Un artículo publicado hoy en la revista Forbes México señala que el TLCAN (más conocido por su nombre en inglés, Nafta) ha sido el gran obstáculo para el incremento del comercio bilateral entre China y México, así como a las inversiones del país asiático en nuestro socio de la Alianza del Pacífico. Con el TPP fuera del camino —es difícil imaginarse un TPP sin los Estados Unidos— se elimina otro gran obstáculo a los intereses chinos en la región. Desde final del año pasado, delegaciones sectoriales de ambos países han realizado visitas y suscrito documentos para incrementar el intercambio comercial, económico y político entre China y México.

En ese sentido, más allá de las opiniones sobre Trump, su gabinete, sus asesores y sus políticas, es importante entender lo que significa este realineamiento de los Estados Unidos y el consecuente reajuste de las posiciones chinas, la mayor potencia regional en Asia. Es particularmente importante construir escenarios sobre la evolución futura del continente que conforma nuestro principal mercado de exportación y donde están concentrados montos significativos de inversiones potenciales, capaces de reencender el anquilosado motor del crecimiento económico que parece haber sufrido un golpe adicional con el escándalo de las constructoras brasileñas.

En artículos anteriores hemos visto cómo la Asociación Económica Integral Regional (RCEP en sus siglas en inglés) —instrumento que toma mayor relevancia en el contexto actual— requiere del Perú la búsqueda de disposiciones que permitan acoplarse a este mecanismo comercial; cómo la cada vez mayor integración de Asia Central a la China tendrá consecuencias para la economía peruana, nítidamente exportadora de productos primarios; y cómo la creación de una red de instrumentos, formulados y propiciados por China, le permitirán incrementar su presencia global.

La ausencia anunciada del hegemón del continente asiático facilitará la consolidación del poderío chino en el continente y requerirá una reevaluación de la relación por parte de sus vecinos, por ejemplo, en sus disputas territoriales. En un documento publicado el 21 de noviembre pasado por el Instituto de Estudios sobre el Sudeste Asiático (Institute of Southeast Asian Studies), los autores señalaban cinco consecuencias inmediatas para los países de la región de las nuevas políticas anunciadas por el entonces presidente electo:

  1. Crean incertidumbre en los países tradicionalmente más cercanos a los Estados Unidos por un posible incumplimiento de sus compromisos de defensa.
  2. Los cambios anunciados de política económica tendrán un efecto negativo en las economías de los países del sudeste asiático.
  3. China pasará a ser el actor más importante en la percepción de los países de la región.
  4. Esto llevará a buscar un acercamiento con China —o posiblemente Japón o Australia— en la ausencia de una presencia fuerte de los Estados Unidos.
  5. El problema del Mar del Sur de China deberá ser reevaluado por los países del sudeste asiático partícipes en la disputa. China tiene mayor libertad para presionar.

En las últimas dos décadas, China ha invertido sumas importantes en los países del sudeste asiático, especialmente a través de ayuda no reembolsable y préstamos blandos, con el objetivo de contrarrestar la influencia norteamericana en la zona. Esta situación fue aprovechada por los países de la región para conseguir beneficios económicos de ambos bandos. Esto se acabó con la elección y posterior asunción de Trump a la presidencia de los Estados Unidos. Y varios países de la región han venido tomando medidas desde finales del año pasado. Por ejemplo, Filipinas, oficialmente un aliado estadounidense, y Malasia, que ha albergado aviones espías estadounidenses, suscribieron con China importantes acuerdos de defensa y de negocios en octubre pasado, en el marco de visitas de sus más altas autoridades a Beijing. Ambos aceptaron resolver el conflicto del Mar del Sur de China de manera bilateral, lo que había sido el objetivo fundamental de las autoridades chinas desde el inicio de la controversia.

El presidente chino, Xi Jinping, ha aprovechado varias oportunidades —por ejemplo los foros de APEC y Davos— para reiterar el compromiso de su país con el libre comercio y la globalización económica; la AEII (RCEP) le permitirá definir las reglas y los términos del intercambio comercial en Asia. En un giro irónico el propio eslogan de la campaña de Trump podría aplicarse a la China: ¿será Trump el artífice de hacer que la China sea grande otra vez?

Asia_share GDP

China y el Perú

El Perú está en la misma situación que las economías del sudeste asiático: sólo puede observar los acontecimientos y tratar de adaptarse a los cambios políticos y económicos del entorno internacional. En momentos en que las proyecciones futuras de la economía nacional son revisadas a la baja y la administración Trump propugna una visión mercantilista de la economía y promete un shock de inversiones en el rubro de infraestructura —con el consecuente desvío de importantes sumas de inversión privada—, el Perú necesita mirar con mayor atención a China y demás economías asiáticas, a fin de cumplir con las palabras de Alfredo Thorne, ministro de Economía: “creceríamos 3.8% si no hacemos nada, pero estamos haciendo muchísimas cosas”. Una economía como la peruana necesita un crecimiento de aproximadamente 6% para conseguir un desarrollo sostenible e inclusivo en el mediano a largo plazo.

Más allá de las declaraciones optimistas, el proyecto del Gasoducto del Sur Peruano está en el limbo, el del aeropuerto de Chinchero sigue entrampado, y no existe un solo proyecto minero de envergadura en momentos en que ha comenzado la actualización del plan de cierre de la mina Yanacocha, de Newmont y Buenaventura, la cual está cerca del final de su vida útil. El anunciado shock de infraestructura sigue haciéndose esperar y muchos inversionistas extranjeros del rubro esperarán los resultados de las investigaciones sobre la red de corrupción construida por las constructoras brasileñas en el Perú —o por lo menos más información— antes de invertir en nuestro país.

A la luz de todos estos hechos, los ofrecimientos chinos de inversión ganan nueva importancia. Es necesario volver a tocar la puerta de China y otros países asiáticos para que inviertan en el Perú; debemos “vestir a la mona de seda” si no queremos volver a vivir una media década perdida como la de 1997-2002 y reabrir así las puertas del fantasma del candidato revisionista del modelo económico.