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Hacia Asia Por Diego Beleván

Muy pocos occidentales —y orientales— se dan realmente cuenta de lo política, social, económica y tecnológicamente avanzada que era la China del siglo XV. Por ejemplo, su flota, comúnmente conocida como la Flota del Tesoro, era enorme y estaba compuesta de buques que tenían hasta 120 metros de eslora, varias cubiertas y tripulaciones de hasta 1,500 marinos; la Santa María de Cristóbal Colón medía apenas 19 metros. En uno de los siete viajes del almirante eunuco Zheng He, 317 naves de este calado zarparon en dirección a los mares del sur y África, varias décadas antes que naciese Colón.

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Sin embargo, la gigantesca flota china nunca llegó hasta Europa o el continente americano, puesto que al final del reinado del emperador Yongle (1403-1424), de la dinastía Ming, el interés de las máximas autoridades imperiales por esas expediciones había disminuido considerablemente. Cuando Francisco Pizarro llega al Perú no había memoria de la existencia de esas naves en el imperio chino; en 1470 el emperador Chenghua había mandado a destruir todos los documentos relacionados a las expediciones de Zheng He y quemar, hundir o abandonar todos los buques. China se cerró al mundo y sólo volvería a abrirse en 1842, obligada por los ingleses, después de su derrota en la Primera Guerra del Opio.

En Europa, la segunda mitad del siglo XV marcaba el inicio de la ‘era de los descubrimientos’, que llevaría a la creación de los imperios español y portugués, el consecuente ingreso de enormes cantidades de metales preciosos al sistema económico europeo —vía España y Portugal— y, por lo tanto, al eventual desarrollo de países como Inglaterra, Francia, los Países Bajos y los principados alemanes. Las bases de la revolución industrial y la posterior occidentalización del mundo son la consecuencia directa de dos eventos paralelos fundamentales: el ostracismo chino y la apertura europea del siglo XV. Como señala Ian Morris, en su magnum opus “Why the West Rules for Now – The Patterns of history and what they reveal about the future”, el mundo habría sido radicalmente diferente si Zheng He hubiera seguido explorando el mundo, la Flota del Tesoro hubiese llegado eventualmente a Europa y las Américas; y consecuentemente China habría ampliado su imperio y transmitido su cultura al resto del globo.

¿Será que casi seis siglos después estamos presenciando el inicio de un evento similar pero opuesto? ¿Son Donald Trump, Marine Le Pen, Nigel Farage y otros políticos similares sólo el preludio de un ostracismo creciente de la mayoría de habitantes del Occidente, al mismo tiempo que Xi Jinping declara la intención de China de tener un rol cada vez más relevante en el escenario internacional?

“If one is always afraid of the sea one will get drowned in the ocean sooner or later. So what China did was to take a brave step forward and embrace the market. We have had our fair share of choking in the water and we have encountered choppy waves. But we have learned how to swim in this process. It has been the right strategic choice … whether you like it or not the global market is the big ocean you cannot escape from”, dijo el presidente chino en el último Foro Económico Mundial en Davos.

“La Historia no se repite, pero a menudo rima”, un aforismo cuyo autor intelectual es supuestamente Mark Twain y que ha sido comprobado a lo largo de la historia: después de un largo período de turbulencia, la Pax Romana (siglos I y II) fue seguida de la Pax Otomana (siglos XIV y XV), que a su vez fue ‘sustituida’ por la Pax Hispánica (siglo XVI), la Pax Francia (siglo XVII), la Pax Británica (siglo XIX) y la Pax Americana (siglo XX).

Existen varias teorías que buscan explicar las razones que impulsaron a los emperadores chinos del siglo XV a abandonar la búsqueda de nuevas tierras y riquezas: una guerra terrestre contra los mongoles, los costos de mantenimiento de la flota o las dificultades administrativas relacionadas a la necesidad de mantener la cohesión política, económica y social del país. En el siglo XV, China tenía aproximadamente el tamaño de los Estados Unidos continental y una población de 150 millones de habitantes compuesta por diversas etnias, en las que los Han no sólo eran mayoritarios sino también constituían la base social de la dinastía Ming.

Otros argumentan que la diferencia de desarrollo con el resto del mundo era tan importante que los chinos no veían ninguna ventaja en establecer relaciones con estados que básicamente eran el equivalente de los países subdesarrollados actuales; no aportaban nada al conocimiento chino ni riquezas que no pudiesen encontrar dentro de su esfera de influencia. Su propio éxito los habría llevado al ostracismo.

Angus Deaton, profesor de Princeton y ganador del premio Nobel de Economía del 2015, sugirió una teoría alternativa en su libro “The Great Escape: Health, Wealth, and the Origins of Inequality”, en la que señala que la Flota del tesoro y el consecuente ostracismo chino se debieron a una decisión de las élites en el interior del servicio civil que observaban con preocupación el creciente poder de la nueva clase mercante. En la última reunión del Foro Económico Mundial, Deaton señaló que las sociedades crecientemente desiguales generan las condiciones necesarias para que las élites adquieran poder suficiente como para conseguir la protección de sus intereses particulares utilizando el aparato estatal; en el plano económico, lleva al mercantilismo.

Añadiría que, en paralelo, la mayoría de la población percibe que la apertura hacia el exterior le trae consecuencias económicas principalmente negativas, como la pérdida de empleos en ciertos sectores, pero también políticas (inmigración) y sociales (percepción de pérdida de la identidad nacional). Cuando las élites logran cooptar a la mayoría, se produce un repliegue hacia adentro; en el plano político y social, lleva al populismo y al nacionalismo, respectivamente.

Sucedió en la China del siglo XV y de cierta forma viene sucediendo en los Estados Unidos y diversos países europeos. Los procesos históricos nunca son lineales, y sólo la lejanía con el pasado nos permite identificar los momentos claves de estos sistemas complejos. Es difícil ver el bosque cuando estás en su interior. Sin embargo, vemos cómo los países asiáticos han reaccionado al distanciamiento norteamericano y la creciente influencia china.

En una entrevista concedida a la BBC en febrero pasado, el primer ministro de Singapur, Lee Hsien Loong, señaló: “Si las relaciones entre los Estados Unidos y China se vuelven muy difíciles, nuestra posición se complica porque nos veremos obligados a escoger entre la amistad con los Estados Unidos o la amistad con China”. Cabe recordar que, desde la independencia, Singapur ha buscado mantener buenas relaciones con ambos y fue uno de los artífices de su aproximación y eventual establecimiento de relaciones diplomáticas.

¿Significa esto entonces que la Pax Americana será reemplazada por la Pax Sínica? La respuesta es compleja y variable. Para los países asiáticos, es posible que en un horizonte de mediano plazo (10 a 20 años), la respuesta sea afirmativa. Si este escenario se replicara a nivel internacional, depende de muchos otros factores. Por ejemplo, es válido preguntarse si las autoridades chinas serán capaces de contrarrestar los efectos del envejecimiento de su población a través de un uso más intensivo de la robótica y la inteligencia artificial, como lo ha hecho Japón. Por otro lado, no se puede olvidar el crecimiento económico de la India, que eventualmente se transformará en mayor poder político. ¿Deberá China afrontar un expansionismo indio?

¿Estamos entonces viviendo el inicio de un período de gran turbulencia que marca la transferencia de poder de una potencia (¿cultura?) dominante hacia otra? Es difícil imaginarnos un mundo en el cual los Estados Unidos dejen de ser el hegemón, gracias en parte a las películas de ciencia ficción, donde el futuro es la continuación de la cultura americana moderna. Pero es probable que los habitantes de Londinium, Lutetia, Cartago o Palmira del año 117 sintiesen lo mismo. Era imposible siquiera imaginarse la posibilidad que el Imperio romano pudiese jamás dejar de existir o dominar el mundo conocido. Sin embargo, en el 337, el Imperio romano era dividido entre los tres hijos de Constantino. En 410 Alarico, rey de los visigodos, invadió y saqueó Roma: la primera vez en más de ochocientos años. En el 476, desaparecía el Imperio romano de Occidente.

A lo largo de los últimos 2,000 años los períodos de transferencia de poder de un hegemón al siguiente han sido cada vez más cortos y abruptos. No sólo la tecnología avanza cada vez más rápido. ¿Será que estamos viviendo el albor de la Pax Sínica?

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