DiegoBeleván
Hacia Asia Por Diego Beleván

El 14 y 15 de agosto, Pakistán e India celebran, respectivamente, su independencia de la corona británica. Hace exactamente 70 años, un Imperio británico debilitado por la Segunda Guerra mundial perdía su posesión más preciada; durante el monzón de agosto de 1947, la India británica le cedía el paso a dos naciones separadas por cuestiones religiosas. La partición reforzó en la India una sociedad mayoritariamente hindú, mientras que Pakistán emergió como un país islámico.

Subcontinente indio

Puesto que las particiones nunca son totales ni absolutas, ésta no sólo dejó una significativa minoría religiosa en ambos países (aproximadamente 20%) sino cortó en dos a Pakistán; la parte oriental declararía su independencia de este último el 26 de marzo de 1971, bajo el nombre de Bangladesh. A pesar del protagonismo de diversos políticos de ambos lados, la partición del subcontinente indio no fue un evento enteramente creado por las circunstancias y ambiciones de los políticos locales.

Diversos historiados afirman que el detonante primigenio de los eventos de 1947 es la caída de Singapur en febrero de 1942; el ejército imperial japonés abre la primera grieta en los dominios asiáticos del Imperio Británico, que termina por desmoronarse en Asia meridional al final del conflicto. Junto con la India y Pakistán, Birmania (hoy Myanmar) y Ceilán (hoy Sri Lanka) también se independizan en 1948. Pero, el fin del dominio británico en el sur de Asia, es concurrente —no consecuencia— del surgimiento de la Guerra Fría.

El camino hacia la partición de la India fue un largo y complejo proceso, acompañado por cambios sociales, económicos y políticos fundamentales en el subcontinente; desde el motín de 1857 hasta la masacre de 1919 en Jallianwala Bagh, en Amristar; de la creación del Congreso Nacional de la India en 1885 al establecimiento de la Liga musulmana de toda la India (All India Muslim League) en 1906. Incluyó, bajo la tutela británica, el desarrollo de un complejo sistema burocrático, encabezado por un poderoso servicio civil, así como la creación de espacios políticos provinciales. Todos estos eventos transformaron a la sociedad india y crearon sus propias tensiones subyacentes, contribuyendo en última instancia al momento final, cuando a mediados de agosto de 1947, Gran Bretaña se despidió de la joya de la corona colonial, después de haber estado presente en el subcontinente indio, de una forma u otra (como comerciantes, merodeadores, administradores y gobernantes) por más de 300 años.

El 14 y 15 de agosto de 2017, los paquistaníes y los indios marcarán, respectivamente, su 70º aniversario de independencia. La mayoría querrá recordar las históricas celebraciones de 1947, lideradas por Jawaharlal Nehru en Delhi y Mohammad Ali Jinnah en Karachi. Muchos querrán olvidar la dura historia de esa independencia, marcada desde un inicio por la violencia comunal; por ejemplo, entre agosto y diciembre de 1947, aproximadamente 1 millón de hombres, mujeres y niños fueron masacrados en ambos lados de la línea Radcliffe, la línea divisoria que el 17 de agosto de ese mismo año separó los territorios de ambos países. Más de 10 millones de personas se vieron obligadas a moverse de un lado de la línea al otro.

La partición de la India se había vuelto inevitable a inicio de 1947, una vez fracasados los intentos constitucionales para encontrar un arreglo federal que permita que la minoría musulmana de la India pueda vivir sin temor en un país mayoritariamente hindú. El movimiento para establecer un hogar independiente para los indios musulmanes había ganado terreno en el período de entreguerras. En el marco de la 25ª sesión de la Liga musulmana de toda la India (All India Muslim League), celebrada en diciembre de 1930, el poeta-filósofo Muhammad Iqbal habló de “un Estado musulmán indio del noroeste” que amalgamaría “el Punjab, la Provincia de la Frontera Noroeste, el Sind y el Baluchistán”. Casi diez años más tarde, en marzo de 1940, durante otra sesión de la liga, Jinnah describe a los musulmanes como una “nación” y no una “comunidad”, exigiendo así “patria, territorio y un Estado ” para ellos. Sin embargo, los miembros de la Liga nunca lograron explicar en detalle cómo harían para “separar” a los practicantes de ambas religiones en territorios claramente delimitados; más de 15 millones de personas huirían de sus hogares como consecuencia de la partición de la India.

Gyanendra Pandey, en su obra del 2001, Remembering Partition, sostiene que la violencia de la partición no es un hecho aislado o una aberración. “…en la historia de cualquier sociedad, las narrativas de experiencias de violencia ayudan a crear un sentido de comunidad y de historia compartida…”. En ese sentido, la violencia en Asia meridional, en particular la violencia de las particiones (India, Confederación Malaya, etc.) son tendencias históricas que desde 1947 han seguido su curso normal. Al igual que en el resto del mundo, los últimos años han mostrado el recrudecimiento de la “violencia hacia el otro”.

En la India, Mohandas Karamchand Gandhi sigue siendo el padre de la patria, pero las autoridades indias, así como muchos de sus ciudadanos, han olvidado el punto central de su filosofía política, la lucha sin violencia (non-violent struggle). Su contraparte pakistaní, Khan Abdul Ghaffar Khan (conocido como Bacha Khan), ha sido borrada de los libros de historia; después de la partición fue apresado y condenado por su cercanía con el Congreso Nacional Indio.

Luego de la euforia de la independencia, India y Pakistán entraron rápidamente en conflicto. Entre el 21 de octubre de 1947 y el 31 de diciembre de 1948, India y Pakistán luchan en la que vendría a ser llamada como la Primera Guerra de Cachemira. Entre varios factores, cabe destacar el temor de Pakistán que los Estados principescos de Jammu y Cachemira, dos de los territorios estratégicamente más importantes del subcontinente, decidan unirse a la India. Fue el primero de cuatro conflictos armados que han librado ambos países y la “línea de control” de 1972 sigue dividiendo a la población cachemira. Ninguno de los dos países ha querido jamás realizar un referéndum para conocer el deseo de la población local. Este conflicto, unido al que la India mantiene con la República Popular China (RPC) tiene serias consecuencias geopolíticas para la estabilidad regional.

Cachemira

Los ojos del mundo están puestos en la Península coreana, pero son pocos los medios occidentales que se han detenido a analizar los últimos desarrollos en el Himalaya, donde, desde junio del 2017, la RPC y la India han movilizado un importante número de tropas y maquinaria bélica hacia los territorios reivindicados por la China de Aksai Chin (adjunto al territorio de Cachemira) y Arunachal Pradesh. La atención otorgada al problema nuclear de la península coreana puede ser la oportunidad para que el dragón chino decida castigar al elefante indio; estableciéndose claramente como la potencia dominante del continente. Es probable que contaría con el apoyo, explícito o implícito, de Pakistán, quien por razones geográficas considera a la RPC como su mejor aliado para lograr posicionarse como un engranaje clave en Asia del Sur.