José CarlosRequena
Riesgo político Por José Carlos Requena

La invitación de Keiko Fujimori al presidente Pedro Pablo Kuczynski (PPK) a sostener un diálogo ha sido interpretada por algunos como un gesto audaz que descoloca a un gobierno apático, al haberle ganado la convocatoria por puesta de mano.

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Otros, en cambio, ven en el recurso la admisión de una situación complicada al interior de Fuerza Popular, donde el liderazgo de Keiko es amenazado por su envalentonado hermano Kenji Fujimori.

Sin duda, el diálogo debe ser siempre bienvenido. Propiciarlo no sólo es un deber de los actores políticos, sino que abre espacio a soluciones consensuadas para el apremiante presente. ¿Qué debería distinguir a este diálogo de todos los promovidos en épocas recientes?

Recordando el Acuerdo Nacional

Cuando se menciona una nueva ocasión para el diálogo, es inevitable pensar en el Acuerdo Nacional, esa instancia formalizada en junio de 2002, durante el gobierno de Alejandro Toledo, aunque forjada durante el gobierno de transición que lideró Valentín Paniagua entre noviembre de 2000 y julio de 2001. El gobierno de Paniagua, a su vez, continuó con el esfuerzo iniciado por la Mesa de Diálogo auspiciada por la OEA en 2000, instalada tras el controversial proceso electoral de ese año.

El Acuerdo Nacional aspiraba ser una suerte de Pacto de la Moncloa a la peruana, que trazara un consenso político mínimo tras el final de un régimen autoritario. Pero los presidentes que sucedieron a Paniagua contribuyeron decididamente a banalizarlo. Toledo lo utilizó como oportunidad para la foto cada vez que requería mejorar su alicaída imagen. En tanto, Alan García lo guardó en un anaquel, privilegiando el espacio parlamentario, donde gozaba de un control logrado vía acuerdos con el fujimorismo.

Ollanta Humala, por su parte, optó por enfrentarse a casi todos los sectores políticos, lo que dejaba al Acuerdo Nacional en una posición incómoda. Con la excepción de cierto consenso logrado en torno a la demanda peruana ante la Corte de La Haya, no hubo otro momento en que se aprovechara este espacio privilegiado.

A la gestión de Kuczynski le tocaba relanzar el Acuerdo Nacional. Pero se ha optado por continuar la dinámica de mantenerlo en la intrascendencia.

Mesa que más aplauda

El Acuerdo no fue el único espacio de diálogo instalado tras el final del fujimorato. Durante la transición y en el gobierno de Toledo se instituyeron distintas instancias que están hoy relegadas. La creación de La Mesa de Concertación para la Lucha Contra la Pobreza, el Consejo Nacional del Trabajo y el Consejo Nacional de Concertación Agraria para la Reactivación y Desarrollo del sector agropecuario, por nombrar sólo algunas, corresponde a dicha época.

Se crearon tantas mesas que se bromeaba: “Hay tantas mesas que esto ya parece un restaurante”.

Diálogo de fe

Con todos esos espacios disponibles, sorprendió que el cardenal Juan Luis Cipriani fuera quien promoviera en diciembre del año pasado una nueva ocasión para el diálogo, sobre todo teniendo como antecedentes los tratos algo ariscos dispensados por el religioso hacia algunos miembros del gabinete.

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Al margen de la cobertura mediática recibida –incluyendo las devotas fotos de Pedro Pablo Kuczynski y Keiko Fujimori–, fue poco lo que se logró en materia de gobernabilidad.

La ilusión del optimismo

Los ánimos navideños de entonces —la reunión se celebró el 19 de diciembre de 2016— alimentaron cierto optimismo en la relación entre el presidente y la lideresa de la oposición. El presidente Kuczynski llegó a decir: “Siempre habrá alguna diferencia, pero no dudo que podemos trabajar juntos para promover un Perú que llegue al año 2021 con modernidad y prosperidad”.

El sentir ciudadano, en cambio, era menos optimista. La encuesta de Ipsos Perú de enero indagó sobre ello, con la pregunta “¿considera que la reunión entre el presidente Pedro Pablo Kuczynski y Kejko Fujimori tendrá un impacto positivo en el país o no tendrá ninguna repercusión?”. Entre quienes se manifestaron informados de la cita (60% de los encuestados), la mitad indicó que la reunión no tendría ninguna repercusión, frente al 39% que indicó que tendría un impacto positivo.

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A veces parece que nos odiamos

La reunión, que tendrá lugar el martes 11 de julio en Palacio de Gobierno, no es pues un diálogo inédito. Tampoco congrega a dos personas de pensamientos muy disímiles. De hecho, no debe olvidarse el apoyo de Kuczynski a Keiko Fujimori en la segunda vuelta de 2011. A pesar de ello, la “crispación” a la que alude la líder de Fuerza Popular en su carta es patente.

El reto de la cita venidera es lograr un diálogo más constante, con más reserva y eficiencia, y menos fotos de por medio. ¿Qué hacer para que esta ocasión no sea sólo un recurso al que echa mano Fujimori para enfrentar sus luchas internas? ¿Cómo lograr que el gesto no se limite a una sonrisa presidencial para la foto? Quizás establecer canales fluidos de contacto permanente; hay que recordar aquella canción de Oscar de León: “Comunicándonos algo / podemos vivir en paz / si sentimos que fallamos / comuniquémonos más”.

La realidad, sin embargo, no invita al optimismo. Y quizás, con razón, el escepticismo ciudadano se reitere.

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