AlbertoArispe
Viva la Bolsa Por Alberto Arispe

Hace años escribo sobre la informalidad y como ésta pone en riesgo el desarrollo del país y obviamente el precio de todos los activos nacionales. La informalidad, en mi opinión, es el principal problema del país, superando la pobreza, la corrupción y la violencia.

Desde 2013, la economía nacional viene afrontando problemas que no tenía durante 2002-2012. Primero, bajo la tasa de crecimiento de 5%-6% al año a 2%-3% al año. Segundo, aumentó el déficit fiscal de 0% del PBI a 3.3% del PBI, zona peligrosa. Tercero, creció tremendamente el ruido político y sentir anti-mercado.

Esto se debe, en mi opinión, a dos motivos principales: 1) la caída en los precios de los metales entre el 2013 y 2016 y 2)  la galopante informalidad en el país. Mientras el primer tema perjudica la inversión privada y las exportaciones, la segunda frena el incremento de la productividad, impide la implementación de políticas pro mercado, genera caos y provoca infelicidad en la población. Tanto así que esa informalidad nos está llevando a una segunda votación para vacar al presidente de la República por incapacidad moral para gobernar.

En las últimas semanas he conversado con varios amigos, todos ellos de clase socioeconómica alta, con hijos en los mejores colegios de Lima y con una vida muy acomodada, quejarse de lo mal que le va al país y señalando, con mucha convicción, que la mejor alternativa de vida para ellos es irse del Perú a un país “más civilizado, con futuro y con más oportunidades”. Para ellos, el Perú es un desastre y se debe emigrar.  “Por el bien de nuestros hijos” señalan.

Si así piensa la clase acomodada de Lima, cómo pensará el resto, me pregunto. Y por ello, no me sorprende que en el Informe Global de la Felicidad 2017 publicado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el Perú sea el cuarto país más infeliz de América Latina. Sólo Venezuela, Paraguay, República Dominicana y Honduras son más infelices que nosotros.

El peruano es infeliz. Somos más infelices que Ecuador y Bolivia, a pesar que la mayoría de indicadores económicos señalan que ellos son más pobres que nosotros. Somos más infelices que Colombia, Brasil y México, a pesar que todas las estadísticas indican que ellos son más violentos que nosotros. Somos más infelices que Brasil, México, Argentina, Guatemala, a pesar que todos los ranking señalan que ellos son más corruptos que nosotros. Somos más infelices que Brasil y Chile, a pesar que sus economías son más desiguales que la nuestra. Es decir, en realidad no vivimos peor que estos países, pero nos sentimos menos felices que ellos. ¿Por qué será?

Lanzo una atrevida hipótesis. Es por la informalidad. La informalidad en el Perú es mayor que en el resto de países de la región. La informalidad alcanza al 70% de la población desde un punto de visto tributario y laboral y al 95% desde un punto de vista cultural (esta última es mi estadística, al ojo). No somos un país más pobre que los demás, ni más violento, ni más corrupto, pero sí somos un país más caótico, más desordenado, más sucio, más deprimente.  Por ello somos tan infelices. Es esa misma informalidad la que lleva a la población al pesimismo, a la baja moral, reducida autoestima y a la infelicidad.

Yo, por ejemplo, no veo televisión nacional. Es deprimente. El 90% son noticias negativas. Los periodistas se defienden y dicen, “pero es la realidad, no podemos no reportar la realidad”. Eso es falso. Por cada noticia negativa hay al menos una positiva. ¿Por qué el gerente general no impone una regla?: por cada noticia negativa que salga, pongo una positiva, así sólo el 50% de las noticias serán negativas.

Otro indicador es el tránsito. Lima debe ser una de las ciudades más caóticas en el mundo. Los choferes no respetan las reglas de tránsito y los policías no castigan a los infractores. Los choferes, ricos y pobres, ‘combis’ y sedanes, camiones y camionetas, simplemente paran sus vehículos donde mejor les parece, sin importarles afectar negativamente a los demás. La policía/serenazgo, que claramente sabe que esto ocurre no se toma la molestia de multar, detener o llevarse los carros al depósito. El caos reina en la ciudad y la frustración crece entre la población.

Hace poco salí del aeropuerto Jorge Chávez. Apenas crucé aduanas, vi cinco stands de taxis. Claramente, dice “taxis” por todos lados. Todos los que salimos sabemos que son taxis. Pero cada stand tiene personal que se pone a gritar a viva voz “taxi, taxi”, “señor, taxi”, lo cual es un espectáculo deprimente. Contribuye al caos. Ya sabemos que son taxis, no hace falta gritar y armar un escándalo al respecto. Peor aún, al pasar esa zona y salir ya al estacionamiento, se le acercan a uno al menos dos docenas de personas gritando “taxi” y acosando al viajero. ¿Por qué la autoridad no pone orden? No es tan difícil, eh.

Me fijé hace poco que el griterío ocurre a pesar que claramente el municipio ha colocado un letrero que dice que está prohibido gritar “taxi” a viva voz. Pues esto no les interesa a los taxistas y lo hacen en la presencia de policías. Hace poco le indiqué a dos policías que departían amigablemente en medio del caos y el griterío, que estaba prohibido gritar “taxi” por los letreros. Las fuerzas del orden se molestaron conmigo y señalaron que “eso era un letrero de la municipalidad” y no hicieron nada. Esto, mis queridos lectores, no es normal, no ocurre en otros lugares.

Como escribí hace años, la informalidad hace que no respetemos a los demás. Llegamos tarde, no pagamos deudas, mentimos, le metemos el carro al otro, compramos videos piratas (cada vez menos, gracias a Netflix), tenemos cambistas con chalecos antibalas en las calles, sobornamos al policía, tiramos basura a la calle, etc. Eso perjudica a todos pues genera un clima de violencia, suciedad, caos y desconfianza.

Como siempre, digo, personas informales eligen autoridades informales. Por ello, el pueblo informal ha elegido a congresistas informales. Muchos mienten en sus hojas de vida. Otros no asisten al Congreso. La mayoría no legisla por el bien del país. ¿Qué leyes trascendentes ha aprobado este congreso en los últimos dos años?  ¿Y en los últimos diez años? Hay tantas leyes por cambiar para poder agilizar las expropiaciones y desarrollar infraestructura, para proteger al inversionista privado que alquila, para incrementar el empleo formal mediante menor rigidez en las leyes laborales, para mejorar significativamente y simplificar la recaudación tributaria, para desarrollar el mercado de valores, entre muchas otras. Pero no, todos se concentran en atacar al enemigo político de turno.

Y esto ocurre, en mi opinión, por la informalidad. La gente que no está interesada en el bien común, sino en el bien propio. Desde aquellos que pudiendo hacer algo por el país quieren emigrar sin darse cuenta que ellos son los llamados a liderar, pasando por los menos favorecidos que justamente por esa condición creen tener la justificación de hacer lo que les da la gana (“que me queda pues, ¿robar?”) hasta aquellos que siendo gobierno o siendo Congreso o siendo Poder Judicial, simplemente anteponen sus intereses personales a los del país. Te meto el carro pues…

Creo que si bien el pueblo siempre es el culpable, es el que escoge su destino, el Poder Ejecutivo, el Poder Legislativo y el Poder Judicial son los que tienen mayor responsabilidad. Ellos tienen el poder para cambiar las cosas. En particular, la Policía, la Fiscalía y el Poder Judicial deben imponer orden. Deben imponer la ley. Sabemos que tienen pocos recursos, pero para poner una papeleta o exigirle a la gente que no se estacione donde le da la gana, no se necesita más dinero. Es cuestión de, valga la redundancia, orden, formalidad, presencia, motivación.

Pero estimado lector, no sea como el 95% que se queja de los demás, pero no está dispuesto a poner su granito de arena para que las cosas cambien. No meta el carro, no cambie dólares en la calle (si, eso contribuye al caos), no pare su carro en el carril derecho mientras espera a su esposa que baja a la tienda perjudicando a todos los demás, no llegue tarde, no doble a la izquierda si está prohibido, no estacione en línea amarilla que perjudica a los demás, no tire basura a la calle, no pare su ‘combi’ en carril derecho de una avenida esperando que suban pasajeros.  Menos informalidad nos beneficiará.

Señores congresistas, no sean informales. Que el proceso de vacancia sea un proceso formal. Vaquen al presidente de la república si hay un debido proceso y lo encuentran culpable. Para considerar a alguien inmoral para gobernar debe haber un juicio político con fiscales, abogados defensores, testigos, con primera y segunda instancia. No se puede vacar a un presidente porque “yo creo que es inmoral”. Es justamente ese pensamiento el que nos hace un país informal y, por ello, sumamente infeliz.